TATAYAMBA: El Retorno del Nombre Sagrado

 

EXPEDIENTE HISTÓRICO, ANTROPOLÓGICO Y CULTURAL

Para la restitución toponímica del río La Vieja como río Tatayamba

 

Consejo de Cuenca del POMCA del Río La Vieja – Tatayamba

Solicitud presentada ante el Instituto Geográfico Agustín Codazzi – IGAC

 

TATAYAMBA:

El Retorno del Nombre Sagrado

 

Restitución toponímica y reparación simbólica frente al despojo colonial de 1536

 

Luis Alberto Vargas Ballén, Presidente

Consejo de Cuenca del POMCA del Río La Vieja

Montañas del Quindío, Territorio de Burila — 2025/2026


 

INTRODUCCIÓN

El río que aún recuerda su nombre

Hay territorios cuya historia puede leerse en los archivos. Otros solo pueden comprenderse escuchando el agua. El río hoy llamado oficialmente La Vieja pertenece a ambos mundos: aparece en mapas, crónicas y documentos coloniales, pero también sobrevive en relatos orales, memorias campesinas, leyendas indígenas y narraciones comunitarias que nunca aceptaron del todo el nombre impuesto por la conquista.

Nombrar un río nunca ha sido un acto inocente. Quien nombra un territorio también intenta definir la manera en que debe ser recordado, administrado, imaginado. Por eso la discusión sobre el nombre de este río no es simplemente geográfica o administrativa: en el fondo, es una disputa por la memoria.

Durante casi cinco siglos, el principal río del corazón del Eje Cafetero colombiano cargó un nombre nacido de un episodio concreto de despojo colonial: el robo de las joyas de una anciana indígena a manos de las huestes del conquistador Sebastián de Belalcázar en 1536. Así lo narró, con minuciosidad desconcertante, el cronista Juan de Castellanos en su monumental obra Elegías de varones ilustres de Indias, cuya primera parte fue publicada en Madrid en 1589, primera obra histórica de la conquista del Nuevo Reino de Granada. Pocos años después, Fray Pedro Simón completó el relato en sus Noticias historiales de las conquistas de Tierra Firme en las Indias Occidentales (Cuenca, 1626), reforzando la imagen de aquella anciana cargada de oro que dio nombre al río de manera definitiva en los registros coloniales.

A partir de ese momento, el río fue inscrito en la cartografía española como "río de La Vieja". Pero bajo la superficie de la historia oficial persistió otro nombre. Un nombre que sobrevivió en la oralidad, en la memoria simbólica del territorio y en la necesidad contemporánea de reconciliar paisaje e identidad: Tatayamba.

La presente monografía no pretende borrar la historia colonial. Pretende leerla críticamente. Busca demostrar que el río posee una memoria más antigua y más profunda que aquella fijada por los conquistadores, y que la restitución toponímica propuesta ante el IGAC —radicada formalmente mediante Oficio 2025-044 del 21 de julio de 2025 y reforzada mediante Oficio 2026-033 del 19 de mayo de 2026— constituye un acto de dignificación histórica, memoria territorial, justicia simbólica y reconstrucción cultural del paisaje.

Esta solicitud tiene además un carácter inédito: el propio IGAC reconoció que se trata de la primera petición formal de restitución toponímica ancestral presentada en Colombia, lo que no solo la convierte en un hito histórico para el Eje Cafetero, sino en una oportunidad para que el Estado colombiano avance hacia una geografía pública más democrática, plural y respetuosa de la memoria territorial de sus pueblos.

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I. EL RÍO ANTES DEL MAPA

Tatayamba y la memoria del agua

Mucho antes de que el territorio fuera dividido en provincias, municipios o departamentos, la hoya hidrográfica del Quindío era un vasto corredor biocultural habitado por la nación Quimbaya y otros pueblos indígenas del centro-occidente colombiano. La cultura quimbaya, que se extendió por los departamentos hoy llamados Quindío, Risaralda, Caldas y norte del Valle del Cauca, habitó este territorio desde aproximadamente el año 500 a.C. hasta bien entrado el siglo XVI. Reconocida en todo el continente americano por la belleza extraordinaria de su orfebrería en oro —técnicamente elaborada mediante la fundición a la cera perdida—, esta civilización construyó una relación profunda y sagrada con sus ríos y cuencas.

El primer cronista en dar noticia detallada de esta etnia fue Pedro Cieza de León, quien recorrió el río Cauca a mediados del siglo XVI junto al Mariscal Jorge Robledo. Más tarde, el historiador Juan Friede, en su obra Los Quimbayas bajo la dominación española (1982), documentó con rigor los procesos de sometimiento colonial que esta nación enfrentó y la manera en que su memoria cultural fue sistemáticamente erosionada a partir de la conquista.

Las montañas del Quindío no estaban abiertas aún por carreteras, y el paisaje era un continuo de bosques húmedos, guaduales, nieblas y corredores fluviales que descendían desde la cordillera Central hacia el valle del Cauca. Allí, el río no era entendido como un simple recurso hídrico: era un ser vivo. La antropología de los pueblos andinos prehispánicos muestra de manera consistente que los ríos eran concebidos como rutas espirituales, territorios de intercambio, cuerpos sagrados y extensiones vivas de los ancestros.

La memoria oral recogida por comunidades Emberá Chamí y por colectivos culturales contemporáneos del Eje Cafetero sostiene que el nombre originario del río era Tatayamba, palabra formada por dos raíces que, según el expediente histórico presentado ante el IGAC, significan: "Tata", entendida como abuela o ancestro protector venerable, y "Yamba", asociado a un cacique o linaje indígena del territorio quimbaya. La expresión no debe interpretarse únicamente desde la lingüística: su verdadero valor es cultural y simbólico.

Tatayamba significa, en esencia, el río de la abuela protectora del cacique, el río de la memoria ancestral, el río que cuida y acompaña el territorio. En las narraciones comunitarias, el agua aparece vinculada al sol, a los ciclos agrícolas, a la fertilidad y a la continuidad de la vida. Desde una lectura etnográfica, el río funciona como eje de cohesión territorial: conecta comunidades, organiza los caminos y da sentido a los asentamientos humanos. Tatayamba era, entonces, mucho más que un nombre. Era una manera de comprender el mundo.

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II. 1536: EL DÍA EN QUE EL RÍO FUE REBAUTIZADO POR LA VIOLENCIA (Hace 490 años)

LA VIEJA DEL RÍO, EL REGRESO DE LA TATA YAMBA Hace mucho, mucho tiempo,  cuando los españoles apenas abrían trocha entre montes, ríos y selvas en  las tierras antiguas de los Quimbayas,[1]

El capitán, la anciana y los ochocientos castellanos de oro

La historia colonial del río comienza con una escena que los cronistas de la conquista registraron con una mezcla de asombro y naturalidad que hoy resulta perturbadora. Corría mayo de 1536. Las expediciones españolas avanzaban sobre el occidente colombiano bajo el mando general de Sebastián de Belalcázar, quien desde Quito venía conquistando tierras hacia el norte. Belalcázar —nacido en España hacia 1490 con el nombre de Sebastián Moyano Cabrera— había fundado ya Santiago de Guayaquil (1535) y fundaría Santiago de Cali ese mismo año de 1536. El territorio quimbaya era recorrido por hombres obsesionados con el oro, las rutas y el dominio del paisaje.

Fue el capitán Miguel Muñoz, enviado por Belalcázar, quien protagonizó el episodio fundacional del topónimo. Juan de Castellanos lo narró en el Canto Cuarto de la Tercera Parte de sus Elegías, dedicadas a la memoria de Belalcázar. La escena es precisa: Muñoz, explorando un afluente del Cauca, encontró junto al río a una mujer indígena anciana —"de más de cien años", dice Castellanos— que llevaba sobre su cuerpo una cantidad extraordinaria de joyas de oro fino. Tenía zarcillos, brazaletes, collares y una faja de oro batido, delgada y flexible, que ceñía sus carnes.

"...tan llena de oro fino, que parecía que quería suplir con la hermosura de aquel metal lo que sus años le había quitado..." — Juan de Castellanos, Elegías de varones ilustres de Indias, ca. 1589

El encuentro no fue una conversación entre culturas. Fue un acto de sometimiento. El capitán Muñoz desposeyó a la anciana de todas sus joyas. Pesadas, dieron —según Castellanos— ochocientos castellanos de oro[2]. Fray Pedro Simón, el otro gran cronista de la conquista del Nuevo Reino de Granada, completó el relato en sus Noticias historiales (Cuenca, 1626), subrayando el peso extraordinario de las joyas: "más de seiscientos ducados".

Después del saqueo, los conquistadores hicieron algo igualmente trascendental: nombraron el río desde la mirada del vencedor. Así nació el topónimo "Río de La Vieja". La escena resume con brutal claridad la lógica colonial: apropiación de riqueza, subordinación indígena y control simbólico del territorio mediante el lenguaje. El río dejó de ser Tatayamba para convertirse en una referencia derivada del despojo de una mujer anciana cuya identidad desapareció detrás del relato del conquistador.

Desde la antropología histórica, este episodio muestra cómo la conquista no solo ocupó físicamente el territorio: también colonizó la memoria geográfica. Nombrar fue dominar. Nombrar fue fijar una versión oficial del paisaje. Nombrar fue convertir el saqueo en cartografía.

El expediente presentado ante el IGAC en el Oficio 2025-044 lo sintetiza con precisión:

el nombre "La Vieja" surge de un acto de pillaje documentado por cronistas en 1536; se oficializa mediante peajes reales y títulos en el siglo XVI; es reafirmado por la reubicación de Cartago y la administración virreinal en el XVII; persiste como referencia logística y cartográfica en los siglos XVIII y XIX; y se incorpora finalmente a la literatura científica contemporánea.

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III. EL RÍO COLONIAL

Camino, comercio, poder y la consolidación del topónimo

Con el paso de las décadas, el nombre "La Vieja" comenzó a expandirse por los registros coloniales con una tenacidad que revela cuánto poder tiene un topónimo cuando se inscribe en la administración fiscal de un imperio. Apareció en mapas, informes, rutas comerciales y títulos de propiedad.

La consolidación del topónimo estuvo íntimamente ligada al desarrollo del Camino del Quindío, uno de los corredores más importantes entre Santa Fe, Popayán y Quito. Según los historiadores Álvaro Acevedo Tarazona y Sebastián Martínez Botero, quienes estudiaron en profundidad este camino en su artículo publicado en Estudios Humanísticos. Historia (2005), la ruta conectaba el interior del Virreinato con el sur del continente y utilizaba el río La Vieja como punto de referencia obligado para tambos, estancias y puntos de cobro de peaje. Las Penas de Cámara de 1584, renovadas en 1590, y la tasa de dos tomines establecida en 1588, inscribieron el nombre del río en la normativa fiscal virreinal de manera definitiva.

El río se convirtió en paso obligado para comerciantes, viajeros, recuas de mulas, funcionarios reales y expediciones científicas. Cartago —fundada originalmente por el Mariscal Jorge Robledo en 1540 en el sitio donde hoy se encuentra Pereira, al servicio de los planes de expansión de Belalcázar— fue trasladada definitivamente a la orilla del río el 21 de abril de 1691, en solemne procesión presidida por el presbítero Manuel de Castro y Mendoza. Esta reubicación, que respondió al agotamiento de las minas de oro, el descenso de la población indígena y la habilitación de rutas alternativas reforzó el uso oficial del topónimo en títulos de tierras, diligencias de cabildo y registros eclesiásticos.

Sin embargo, mientras la administración colonial consolidaba el nombre "La Vieja", las memorias indígenas no desaparecían: retrocedían hacia la oralidad. Las comunidades ribereñas continuaron relacionándose con el río desde prácticas cotidianas que ningún topónimo colonial podía borrar: la pesca, la navegación, los baños rituales, los cultivos en las riberas, la extracción artesanal de arena, la observación de las crecientes. El río colonial fue simultáneamente infraestructura imperial y refugio de memorias subterráneas.

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IV. LOS CAMINANTES DEL SIGLO XIX

Colonización antioqueña, balsas y la memoria viva del agua

En el siglo XIX, el paisaje comenzó a transformarse aceleradamente con las oleadas de colonización antioqueña. Miles de familias atravesaron montañas cargando semillas, herramientas y la determinación de quienes buscan tierra, refugio y autonomía lejos de las guerras civiles que sacudían la república recién nacida. El Quindío era descrito como un territorio exuberante: selvas densas, humus profundo, agua abundante, biodiversidad extraordinaria.

El río acompañó ese proceso. Isaac F. Holton, botánico estadounidense del Middlebury College que recorrió el territorio colombiano durante veinte meses a partir de 1852 y publicó sus observaciones en el libro La Nueva Granada: veinte meses en los Andes (Nueva York, Harper & Brothers, 1857, traducido al español por el Banco de la República en 1981), dejó uno de los testimonios más vívidos sobre la vida cotidiana junto al río.

En el capítulo que tituló "Cruzando las montañas del Quindío", Holton describió el oficio de los barqueros que dominaban las corrientes del río en el paso de Piedra de Moler, haciendo posible el transporte entre poblaciones aisladas.

"Más abajo de la desembocadura del Quindío en el río de La Vieja, se cruza este último en Piedra de Moler... Solo nos restaba subir y bajar una loma inmensa, porque Cartago queda a orillas del río La Vieja." — Isaac F. Holton, La Nueva Granada: veinte meses en los Andes, 1857

La relación entre las comunidades y el río seguía siendo profundamente corporal y sensorial: se caminaba el río, se escuchaba, se leía su color, se interpretaba su caudal, se conocían sus crecientes y sus silencios. El agua seguía siendo memoria práctica, geografía vivida. Y en esa geografía vivida, el nombre Tatayamba persistía en la oralidad de quienes habitaban las riberas.

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V. BURILA

La montaña fértil y la violencia sobre la tierra

La historia del río también es una historia de conflicto agrario que se prolonga hasta el siglo XX. La hoya del Quindío era descrita por colonos y viajeros como un territorio de fertilidad extraordinaria: selvas densas, humus profundo, agua en abundancia, biodiversidad nunca antes vista. En 1842, el territorio estaba todavía cubierto de bosques y guaduales.

Miles de campesinos pobres llegaron a desmontar montaña, sembrar y construir vida. Pero en 1884 apareció la Compañía de Fomento y Colonización Burila, constituida en Manizales, que reclamó enormes extensiones de tierras baldías y utilizó agrimensores, esbirros, presiones políticas y violencia privada para expulsar colonos que ya estaban establecidos en el territorio. Las memorias regionales recuerdan ranchos incendiados, cultivos destruidos, familias obligadas a abandonar tierras abiertas con años de trabajo.

Según documentan investigadores como Olga Cadena Corrales en su tesis Procesos de Colonización en el Quindío: El Caso Burila (1988), y el escritor Benjamín Baena Hoyos en su novela El río corre hacia atrás, la Burila despojó a más de cincuenta mil colonos pobres cuya única riqueza era su trabajo y sus ganas de vivir en paz. El primer abogado que asumió la defensa de los colonos, Catarino Cardona, fue enviado falsamente a Agua de Dios acusado de lepra. Logró que treinta mil colonos firmaran un memorial dirigido al gobierno, y solo en 1930, después de un largo y sangriento conflicto, el ministro Juan Antonio Montalvo puso fin al asunto.

El caso Burila, cuya área de acción se ubicaba precisamente en las inmediaciones de la confluencia de los ríos Barragán y Quindío donde se forma el río Tatayamba–La Vieja, muestra con claridad que el territorio del río ha sido escenario continuo de disputas por la tierra, el agua y la capacidad de decidir sobre el paisaje. La violencia colonial del siglo XVI encontró su continuación en la violencia extractivista del siglo XIX y XX.

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VI. EL PAISAJE EN TRANSFORMACIÓN

Del café al monocultivo de aguacate Hass: una nueva amenaza

Durante más de un siglo, los cafetales en ladera —en policultivo bajo sombrío, asociados a guaduales, leguminosas y frutales nativos— modelaron el Paisaje Cultural Cafetero (PCC) y garantizaron una cobertura verde que regulaba el ciclo hídrico del río Tatayamba–La Vieja. Este paisaje fue reconocido por la UNESCO en 2011 como Paisaje Cultural de la Humanidad precisamente por esa integración única entre naturaleza y cultura.

Sin embargo, la crisis de precios del café y los cambios en la rentabilidad del sector han provocado la erradicación de entre 22.000 y 34.000 hectáreas de cafetales en la cuenca, sustituidos por plátano, cítricos y pasturas. Desde 2015, esa reconversión productiva ha dado paso a un boom del aguacate Hass —un cultivo de alta demanda hídrica, intensivo en agroquímicos y orientado a la exportación—. En Risaralda se registraban más de 1.000 hectáreas plantadas hacia 2019, con focos críticos en Apía, Guática y Quinchía. El Valle del Cauca supera hoy las 8.000 hectáreas distribuidas en más de cien predios, según la CVC.

https://cuenca-rio-tatayamba.blogspot.com/2025/11/avance-del-aguacate-hass-en-colombia-un.html

La Comisión Técnica del PCC (2024) identificó al monocultivo de aguacate Hass como un factor de afectación directa al bien patrimonial, poniendo en riesgo la integridad visual y funcional del paisaje. El POMCA del río La Vieja señala el cambio de uso del suelo como uno de los conflictos ambientales más severos de la cuenca. Este nuevo ciclo extractivista reitera la lógica de quienes históricamente pusieron la riqueza del territorio por encima de su sostenibilidad: la misma lógica que en 1536 desposeyó a una anciana y bautizó un río con el nombre del despojo.

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VII. EL REGRESO DE TATAYAMBA

Memoria biocultural y resignificación contemporánea del río

A finales del siglo XX comenzó un proceso silencioso pero profundo de recuperación de la memoria territorial del río. El descubrimiento de tumbas quimbayas, el fortalecimiento de procesos culturales, las expediciones ambientales y la aparición de colectivos ciudadanos reactivaron el interés por los relatos ancestrales asociados al territorio.

El río empezó a ser nombrado nuevamente como Tatayamba. No desde la nostalgia arqueológica, sino desde la necesidad contemporánea de reconstruir una relación más ética y más sensible con el paisaje. El agua comenzó a ser entendida nuevamente como patrimonio vivo, memoria biocultural y sujeto de cuidado colectivo.

Entre las expresiones más concretas de esta recuperación cultural se encuentra el libro comunitario De la Vieja a Tatayamba: el río como un relato, coordinado por Andrés Duque Giraldo, Esteban Montillo García y Oscar Andrés Agudelo Salazar, que recopila testimonios de balseros, areneros, pescadores y mayores quimbayas que legitiman el uso cotidiano de Tatayamba en toda la cuenca media y baja.

También destaca la expedición biocultural Tatayamba, documentada en video por la Fundación Sembrando el Planeta (YouTube, 2022), que reunió a participantes indígenas, afro campesinos y jóvenes universitarios, y el trabajo permanente de la Veeduría Ambiental del Río La Vieja, que produjo el video pedagógico ¿Por qué llamamos a nuestro río Tatayamba y no río La Vieja? (Facebook, 2021), con amplia circulación en redes comunitarias y escuelas.

La toponimia del Eje Cafetero funciona, como documenta el propio expediente, como un archivo vivo de la historia: conserva voces indígenas, evoca gestas coloniales y plasma aspiraciones que llegaron con la colonización antioqueña.

Nombres como Pijao —que en 1927 rindió homenaje explícito a los pueblos pijaos reconociendo su resistencia frente a la conquista—, Quimbaya —que adoptó el nombre de la célebre nación orfebre para reinsertar un referente indígena milenario en la toponimia cafetera—, o Calarcá —que evoca a un guerrero indígena—, demuestran que la región tiene ya una tradición viva de recuperar y honrar la memoria prehispánica a través de los nombres del territorio.

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VIII. EL RÍO COMO CUERPO VIVO DEL EJE CAFETERO

Datos, cifras y dimensión estratégica de la cuenca

El río Tatayamba–La Vieja nace a más de 4.600 metros sobre el nivel del mar en la Cordillera Central y recorre 156 kilómetros hasta desembocar en el río Cauca a aproximadamente 900 metros de altitud. Su cuenca mayor cubre cerca de 2.880 km², de los cuales el 68% corresponden al Quindío, el 22% al Valle del Cauca y el 10% a Risaralda. Atraviesa 21 municipios y abastece de agua potable al 85% de la población urbana de la cuenca, es decir, a cerca de dos millones de personas.

La red hidrográfica incluye 33 corrientes de primer orden y más de 360 kilómetros de drenajes. La oferta superficial asciende a 2.854 millones de metros cúbicos por año, con un rendimiento medio de 34,34 litros por segundo por kilómetro cuadrado. El acuífero "Glacis del Quindío", de hasta 300 metros de espesor, refuerza la regulación subterránea del sistema. En Cartago, el río suministra 450 litros por segundo al acueducto municipal, con proyecciones de ampliación a 700 litros por segundo.

El gradiente altitudinal del río —desde páramos húmedos a más de 3.500 metros hasta bosques riparios de guadua en el valle— acoge 148.000 hectáreas de ecosistemas estratégicos que incluyen páramo, humedales, bosque seco y relictos andinos. El cauce atraviesa el Paisaje Cultural Cafetero, articulando cafetales de ladera, turismo rural y centros históricos como Salento, Filandia, Sevilla y Cartago. Actividades tradicionales como el Balsaje turístico, la pesca artesanal y la extracción de arena —que involucra a unas 400 familias areneras en el bajo cauce— dependen directamente del nivel y la calidad del agua.

Desde la antropología ambiental, el río puede entenderse como un "cuerpo biocultural": un espacio donde naturaleza y cultura son inseparables. Por eso, cuando el río se contamina, también se deteriora la memoria colectiva. Y cuando el río recupera su nombre ancestral, también recupera parte de su dignidad simbólica.

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IX. LA PRIMERA SOLICITUD DE SU TIPO EN COLOMBIA

El proceso ante el IGAC: un camino inédito

El 21 de julio de 2025, el presidente del Consejo de Cuenca del POMCA del Río La Vieja, Luis Alberto Vargas Ballén, con autorización del Plan de Acción, presentó formalmente ante la Subdirección de Geografía del Instituto Geográfico Agustín Codazzi la solicitud de restitución toponímica del río La Vieja como río Tatayamba (Oficio 2025-044). La solicitud fue radicada bajo el número IGAC 3200SAF-2025-0037955-ER el 30 de julio de 2025.

El propio IGAC reconoció que se trata de la primera solicitud formal de restitución toponímica ancestral de esta naturaleza presentada en Colombia. Este carácter inédito tiene consecuencias jurídicas y políticas profundas. Como argumenta el Oficio 2026-033 de seguimiento, presentado el 19 de mayo de 2026: precisamente porque no existen antecedentes equivalentes, procedimientos específicos ni casos comparables previamente tramitados en el país, resulta improcedente exigir de manera rígida requisitos concebidos para escenarios completamente distintos, como simples ajustes cartográficos o correcciones técnicas ordinarias.

Las resoluciones del IGAC en materia de nomenclatura geográfica —0471 y 529 de 2020, 370 y 1421 de 2021 y 197 de 2022— fueron diseñadas para procesos ordinarios de estandarización y normalización geoespacial. No fueron concebidas para resolver procesos complejos de reparación simbólica, memoria histórica, resignificación cultural o descolonización toponímica. Aplicarlas de manera restrictiva como barrera para la solicitud equivaldría a negar el carácter excepcional e inédito de la petición.

El principio universal del derecho según el cual nadie está obligado a lo imposible impide que la administración traslade al ciudadano sus propios vacíos regulatorios. La inexistencia de antecedentes no autoriza al IGAC a bloquear el trámite; por el contrario, lo obliga constitucionalmente a construir la ruta procedimental, desarrollar criterios técnicos y adaptar sus instrumentos administrativos a nuevas realidades históricas, culturales y ambientales.

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X. MARCO JURÍDICO DE LA RESTITUCIÓN

Constitución, leyes y tratados internacionales que respaldan la solicitud

La restitución del nombre Tatayamba cuenta con un sólido respaldo normativo que articula el rango constitucional, la legislación ordinaria, convenios internacionales y los principios de gobernanza ambiental ya vigentes en la cuenca. A continuación se sintetizan los principales fundamentos jurídicos:

La Constitución Política de Colombia (1991), en sus artículos 8, 70 y 79, obliga al Estado a proteger la riqueza cultural y natural, reconoce la diversidad étnica y el derecho colectivo a un ambiente sano. La Ley 99 de 1993, que creó el Sistema Nacional Ambiental (SINA), exige participación ciudadana en la gestión ambiental. La Ley 397 de 1997 (Ley General de Cultura) y el Decreto 1080 de 2015 reconocen el patrimonio cultural inmaterial, del cual los nombres tradicionales forman parte.

El Convenio 169 de la OIT, ratificado por Colombia mediante la Ley 21 de 1991, garantiza a los pueblos indígenas consulta previa sobre medidas que afecten su identidad: el renombramiento reivindica directamente la memoria quimbaya. La Ley 2273 de 2022, que ratificó el Acuerdo de Escazú, refuerza el derecho a la información, la participación y la justicia ambiental, y obliga al Estado a tramitar el cambio de nombre con transparencia y participación efectiva. La Convención de la UNESCO sobre el Patrimonio Cultural Inmaterial (2003) respalda la actualización de la toponimia cuando ésta preserva relatos fundacionales y refuerza la identidad de los pueblos originarios.

El Decreto 1076 de 2015 (Decreto Único Ambiental) ratifica al POMCA como instrumento vinculante de planificación hídrica, y la Ley 1755 de 2015 prohíbe las respuestas inhibitorias, evasivas o meramente formales al derecho de petición. Colombia cuenta además con precedentes de cambios toponímicos oficiales por motivos históricos y culturales, como el reconocimiento del corregimiento de San Basilio de Palenque (2004), que siguieron el mismo derrotero normativo de IGAC con consulta comunitaria, demostrando la viabilidad jurídica y administrativa de la propuesta.

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XI. RESPALDO COMUNITARIO E INSTITUCIONAL

Una solicitud construida desde el territorio

El cambio de nombre a río Tatayamba no surge solo de un argumento histórico-técnico: está apuntalado por un tejido de organizaciones sociales, pueblos indígenas, actores productivos, entidades públicas y procesos pedagógicos que ya se articulan alrededor del río.

El Plan de Ordenación y Manejo de la Cuenca (POMCA 2018) levantó una base de 999 actores potenciales —institucionales, comunitarios, productivos, académicos y étnicos— e instaló una ruta escalonada de participación: mesas municipales, mesas de subcuencas y Consejo de Cuenca. En la fase de talleres acudieron 134 organizaciones representadas; el 42,5% pertenecía al sector gubernamental, el 39,5% al productivo y casi el 6% correspondía a organizaciones comunitarias y étnicas.

Durante la actualización del POMCA se realizaron 21 talleres municipales, 6 mesas regionales y 8 talleres con comunidades y el propio Consejo de Cuenca para validar escenarios y metas ambientales. Las comunidades expresaron prioridades como el control de la gran minería, la restauración de nacimientos de agua y el seguimiento efectivo a los acuerdos, demostrando apropiación activa sobre el futuro del río.

El Consejo de Cuenca del POMCA del Río La Vieja —donde confluyen cabildos indígenas, asociaciones afro campesinas, juntas de acción comunal, sectores productivos, entidades académicas y autoridades locales— ha incorporado el nombre Tatayamba en sus actas y materiales de divulgación, demostrando un consenso territorial que trasciende las fronteras departamentales. Este proceso incluyó la gestión ante el IGAC en su Plan de Acción 2025-2026.

Corporaciones autónomas como la CRQ, CARDER y CVC, junto a alcaldías, gobernaciones y universidades, figuran tanto en la base de actores como en los comités de seguimiento del POMCA, garantizando que la decisión de renombrar el río cuente con respaldo técnico y político estable.

 

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XII. VOLVER A NOMBRAR

La restitución como acto de reconciliación territorial

La restitución toponímica propuesta ante el IGAC no pretende eliminar la historia colonial ni negar que durante siglos el río fue conocido como "La Vieja". Lo que busca es algo más profundo: permitir que el territorio pueda volver a hablar desde una memoria distinta.

Tatayamba representa continuidad indígena, resistencia cultural, memoria campesina, pedagogía ambiental y reconciliación territorial. El expediente demuestra que el nombre ancestral no surge de una invención reciente, sino de procesos de memoria oral, investigaciones históricas, apropiación comunitaria y construcción cultural contemporánea. Volver a nombrar el río es también volver a cuidarlo. Porque los pueblos suelen proteger mejor aquello que reconocen como parte de sí mismos.

La experiencia colombiana puede aprender de procesos análogos en otros países de la región: Bolivia, que reconoce en su Constitución la plurinomia de accidentes geográficos con nombres en lenguas originarias; Perú, que avanza en la recuperación de topónimos quechuas y aymaras en su cartografía oficial; México, con su Instituto Nacional de Lenguas Indígenas (INALI); y Chile, con procesos progresivos de recuperación de nombres mapuches para ríos, volcanes y lagos. Todos estos casos demuestran que la geografía oficial puede convertirse en una herramienta activa de preservación cultural y recuperación de identidades territoriales ancestrales.

Reducir el caso Tatayamba a un simple trámite burocrático de nomenclatura equivaldría a desconocer que esta solicitud involucra memoria indígena, reparación simbólica, patrimonio cultural inmaterial, identidad territorial, gobernanza ambiental y justicia histórica. Colombia tiene hoy la oportunidad de dar un paso histórico: abrir institucionalmente el primer proceso de restitución toponímica ancestral en su historia, y avanzar hacia una cartografía pública más democrática, plural y respetuosa de la memoria de sus pueblos.

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CONCLUSIÓN

El río no pide ser inventado: pide ser reconocido

El nombre "La Vieja" nació de una escena de conquista y despojo documentada por dos de los cronistas coloniales más importantes del Nuevo Reino de Granada: Juan de Castellanos y Fray Pedro Simón. Tatayamba, en cambio, nace de la memoria larga del territorio, de la voz de los pueblos que habitaron estas riberas antes de que los conquistadores pusieran pie en el continente.

Durante siglos, el río ha visto pasar pueblos indígenas, conquistadores, arrieros, viajeros naturalistas como Holton, colonos antioqueños, areneros y comunidades que todavía hoy viven de sus aguas y junto a ellas. Ha sido camino colonial, ruta de comercio, corredor de biodiversidad y eje de identidad cultural del Eje Cafetero. Y a lo largo de todo ese tiempo, el nombre Tatayamba no desapareció: sobrevivió en la oralidad, en los relatos de balseros y mayores, en la memoria de quienes nunca dejaron de reconocer al río como algo más que una línea en un mapa.

La restitución toponímica propuesta no es un gesto decorativo ni un simple cambio cartográfico. Es un acto de memoria histórica, reparación simbólica, reconocimiento cultural y reconstrucción ética del paisaje. Tatayamba no busca reemplazar la historia: busca completarla.

Porque un territorio solo puede reconciliarse consigo mismo cuando es capaz de escuchar las voces que durante siglos quedaron ocultas bajo los nombres del poder.

Y porque, en el fondo, el río nunca dejó de llamarse Tatayamba.

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BIBLIOGRAFÍA Y FUENTES

Fuentes primarias y crónicas coloniales

Castellanos, Juan de (ca. 1589). Elegías de varones ilustres de Indias. Primera parte publicada en Madrid, 1589. Edición de referencia: Biblioteca de Autores Españoles, Madrid: M. Rivadeneyra, 1857. [Relato fundacional del origen del topónimo "río de La Vieja", Canto Cuarto, Tercera Parte, Elegía a don Sebastián de Belalcázar].

Simón, Pedro, Fray O.F.M. (1626). Noticias historiales de las conquistas de Tierra Firme en las Indias Occidentales. Cuenca: Domingo de la Yglesia, 1626. [Segundo relato colonial del episodio del río La Vieja; fuente complementaria al de Castellanos].

Cieza de León, Pedro de (ca. 1550). La crónica del Perú. [Primera referencia etnográfica a la nación quimbaya en el territorio del occidente colombiano].

 

Investigaciones históricas y académicas

Acevedo Tarazona, Álvaro; Martínez Botero, Sebastián (2005). "El camino del Quindío en el centro occidente de Colombia: la ruta, la retórica del paisaje y los proyectos de poblamiento". Estudios Humanísticos. Historia, núm. 4, pp. 9-36. Universidad de León.

Friede, Juan (1982). Los Quimbayas bajo la dominación española. Bogotá: Carlos Valencia Editores.

Lopera Gutiérrez, Jaime & Castrillón, Carlos A. (eds.) (2010). Ensayos de Historia Quindiana. Academia de Historia del Quindío / Universidad del Quindío. Armenia. ISBN 978-958-8593-06-7.

Valencia Llano, Alonso (1991). Resistencia indígena a la colonización española. Cali: Universidad del Valle.

Cadena Corrales, Olga (1988). Procesos de Colonización en el Quindío: El Caso Burila. Tesis de maestría.

Arango Cardona, Luis (1941). Recuerdos de la guaquería en el Quindío. Obra clásica sobre hallazgos arqueológicos quimbayas.

Peña, Eliodoro (1892). Geografía e Historia de la Provincia del Quindío. Imprenta del Departamento de Popayán.

Zuluaga Gómez, Víctor (1998). Crónicas de la antigua ciudad de Pereira. Pereira: Gráficas Buda.

Velásquez, Jorge (2025). Avance sobre la historia de la Provincia del Quindío 1865. Disponible en Academia.edu.

 

Relatos de viajeros y naturalistas

Holton, Isaac F. (1857). New Granada: Twenty Months in the Andes. New York: Harper & Brothers. [Traducción al español: La Nueva Granada: veinte meses en los Andes. Trad. Ángela de López. Bogotá: Banco de la República, 1981]. [Describe el paso del río La Vieja en Piedra de Moler hacia 1852].

 

Documentos técnicos e institucionales

Corporaciones Autónomas Regionales CRQ – CARDER – CVC (2018). Plan de Ordenación y Manejo de la Cuenca del río La Vieja (POMCA) – Documento General. Contrato CRQ 001-2015, ajuste marzo 2018.

Stockholm Environment Institute (SEI) & USAID (2014). Modelación del recurso hídrico en la cuenca del río La Vieja (WEAP factsheet). Proyecto "Ríos del páramo al valle".

IGAC – Instituto Geográfico Agustín Codazzi (2003). Resolución 529 de 2003 y actualizaciones 2020-2022 sobre nomenclatura geográfica oficial.

Consejo de Cuenca del POMCA del Río La Vieja – Tatayamba (2025). Oficio 2025-044: Solicitud formal para la restitución toponímica del río La Vieja como río Tatayamba. 21 de julio de 2025. Radicado IGAC: 3200SAF-2025-0037955-ER.

Consejo de Cuenca del POMCA del Río La Vieja – Tatayamba (2026). Oficio 2026-033: Solicitud de impulso administrativo y trámite integral de la petición de restitución toponímica. 19 de mayo de 2026.

Consejo de Cuenca del POMCA del Río La Vieja – Tatayamba (2025). Acta de Sesión Ordinaria No. 04. Documento oficial de radicación formal de la solicitud ante el IGAC.

 

Memoria comunitaria y material pedagógico

Duque Giraldo, Andrés; Montillo García, Esteban; Agudelo Salazar, Oscar Andrés (coords.). De la Vieja a Tatayamba: el río como un relato. Proyecto editorial independiente, Cartago.

Fundación Sembrando el Planeta (2022). Tatayamba: una expedición biocultural. Videodocumental. YouTube: https://www.youtube.com/watch?v=mGHHjoxMhDo

Veeduría Ambiental del Río La Vieja (2021). ¿Por qué llamamos a nuestro río Tatayamba y no río La Vieja? Video pedagógico. Facebook: https://www.facebook.com/Veeduriambiental/videos/475439308811391/

Mora, Karen Angélica. Cartilla del saber indígena: mitos y leyendas. Material pedagógico sobre cosmovisión indígena.

 

Prensa y periodismo regional

Camargo B., Álvaro Hernando (2023). "Leyenda del río De la Vieja". La Crónica del Quindío, 23 de abril. https://cronicadelquindio.com/opinion/columnistas/leyenda-del-rio-de-la-vieja/

Arroyave, Rubén Darío (1997). "La contaminación ahoga al río La Vieja". El Tiempo (Cali, 13 de marzo).

 

Luis Alberto Vargas Ballén

Presidente, Consejo de Cuenca del POMCA del Río La Vieja

secretariaconsejocuencalavieja@gmail.com | Cel. 314.2105325 – 314.7734109

Montañas del Quindío, Territorio de Burila, Cuenca del Río Tatayamba



[1] https://www.google.com/url?sa=t&source=web&rct=j&url=https%3A%2F%2Fwww.instagram.com%2Fp%2FDWNY50Yj-5O%2F&ved=0CBkQjhxqFwoTCKjVg-aXwZQDFQAAAAAdAAAAABAh&opi=89978449

[2] Los 800 castellanos de oro de 1536 equivalen a 118,34 onzas troy de oro fino, en la época de la conquista un castellano equivalía a 4,6 gramos de oro y una onza troy equivale a 31,1034 gramos: el Peso total: 800 castellanos x 4,6 = 3.680 gramos, que equivalencia en onzas: 3.680 gramos / 31,1034 gramos por onza da aproximadamente 118,34 onzas.  El Valor actual en dólares con el precio internacional del oro al contado fluctuando alrededor de US$4.550 por onza, los 800 castellanos alcanzan un valor de US$538.447 dólares estadounidenses aproximadamente, es decir COL$ 2.091´188.405 pesos.

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