TATAYAMBA: El Retorno del Nombre Sagrado
EXPEDIENTE HISTÓRICO, ANTROPOLÓGICO Y
CULTURAL
Para la restitución toponímica del río La Vieja como río
Tatayamba
Consejo de Cuenca del POMCA del Río La
Vieja – Tatayamba
Solicitud presentada ante el Instituto
Geográfico Agustín Codazzi – IGAC
TATAYAMBA:
El Retorno del Nombre Sagrado
Restitución toponímica y reparación
simbólica frente al despojo colonial de 1536
Luis Alberto Vargas Ballén, Presidente
Consejo de Cuenca del POMCA del Río La
Vieja
Montañas del Quindío, Territorio de
Burila — 2025/2026
INTRODUCCIÓN
El río que aún recuerda su nombre
Hay
territorios cuya historia puede leerse en los archivos. Otros solo pueden
comprenderse escuchando el agua. El río hoy llamado oficialmente La Vieja
pertenece a ambos mundos: aparece en mapas, crónicas y documentos coloniales,
pero también sobrevive en relatos orales, memorias campesinas, leyendas
indígenas y narraciones comunitarias que nunca aceptaron del todo el nombre
impuesto por la conquista.
Nombrar un
río nunca ha sido un acto inocente. Quien nombra un territorio también intenta
definir la manera en que debe ser recordado, administrado, imaginado. Por eso
la discusión sobre el nombre de este río no es simplemente geográfica o
administrativa: en el fondo, es una disputa por la memoria.
Durante casi
cinco siglos, el principal río del corazón del Eje Cafetero colombiano cargó un
nombre nacido de un episodio concreto de despojo colonial: el robo de las joyas
de una anciana indígena a manos de las huestes del conquistador Sebastián de
Belalcázar en 1536. Así lo narró, con minuciosidad desconcertante, el cronista
Juan de Castellanos en su monumental obra Elegías de varones ilustres de
Indias, cuya primera parte fue publicada en Madrid en 1589, primera obra
histórica de la conquista del Nuevo Reino de Granada. Pocos años después, Fray
Pedro Simón completó el relato en sus Noticias historiales de las conquistas de
Tierra Firme en las Indias Occidentales (Cuenca, 1626), reforzando la imagen de
aquella anciana cargada de oro que dio nombre al río de manera definitiva en
los registros coloniales.
A partir de
ese momento, el río fue inscrito en la cartografía española como "río de
La Vieja". Pero bajo la superficie de la historia oficial persistió otro
nombre. Un nombre que sobrevivió en la oralidad, en la memoria simbólica del
territorio y en la necesidad contemporánea de reconciliar paisaje e identidad:
Tatayamba.
La presente
monografía no pretende borrar la historia colonial. Pretende leerla
críticamente. Busca demostrar que el río posee una memoria más antigua y más
profunda que aquella fijada por los conquistadores, y que la restitución
toponímica propuesta ante el IGAC —radicada formalmente mediante Oficio
2025-044 del 21 de julio de 2025 y reforzada mediante Oficio 2026-033 del 19 de
mayo de 2026— constituye un acto de dignificación histórica, memoria
territorial, justicia simbólica y reconstrucción cultural del paisaje.
Esta
solicitud tiene además un carácter inédito: el propio IGAC reconoció que se
trata de la primera petición formal de restitución toponímica ancestral
presentada en Colombia, lo que no solo la convierte en un hito histórico para
el Eje Cafetero, sino en una oportunidad para que el Estado colombiano avance
hacia una geografía pública más democrática, plural y respetuosa de la memoria
territorial de sus pueblos.
* * *
I. EL RÍO ANTES DEL MAPA
Tatayamba y la memoria del agua
Mucho antes
de que el territorio fuera dividido en provincias, municipios o departamentos,
la hoya hidrográfica del Quindío era un vasto corredor biocultural habitado por
la nación Quimbaya y otros pueblos indígenas del centro-occidente colombiano.
La cultura quimbaya, que se extendió por los departamentos hoy llamados
Quindío, Risaralda, Caldas y norte del Valle del Cauca, habitó este territorio
desde aproximadamente el año 500 a.C. hasta bien entrado el siglo XVI.
Reconocida en todo el continente americano por la belleza extraordinaria de su
orfebrería en oro —técnicamente elaborada mediante la fundición a la cera
perdida—, esta civilización construyó una relación profunda y sagrada con sus
ríos y cuencas.
El primer
cronista en dar noticia detallada de esta etnia fue Pedro Cieza de León, quien
recorrió el río Cauca a mediados del siglo XVI junto al Mariscal Jorge Robledo.
Más tarde, el historiador Juan Friede, en su obra Los Quimbayas bajo la
dominación española (1982), documentó con rigor los procesos de sometimiento
colonial que esta nación enfrentó y la manera en que su memoria cultural fue
sistemáticamente erosionada a partir de la conquista.
Las montañas
del Quindío no estaban abiertas aún por carreteras, y el paisaje era un
continuo de bosques húmedos, guaduales, nieblas y corredores fluviales que
descendían desde la cordillera Central hacia el valle del Cauca. Allí, el río
no era entendido como un simple recurso hídrico: era un ser vivo. La
antropología de los pueblos andinos prehispánicos muestra de manera consistente
que los ríos eran concebidos como rutas espirituales, territorios de
intercambio, cuerpos sagrados y extensiones vivas de los ancestros.
La memoria
oral recogida por comunidades Emberá Chamí y por colectivos culturales
contemporáneos del Eje Cafetero sostiene que el nombre originario del río era
Tatayamba, palabra formada por dos raíces que, según el expediente histórico
presentado ante el IGAC, significan: "Tata", entendida como abuela o
ancestro protector venerable, y "Yamba", asociado a un cacique o
linaje indígena del territorio quimbaya. La expresión no debe interpretarse
únicamente desde la lingüística: su verdadero valor es cultural y simbólico.
Tatayamba
significa, en esencia, el río de la abuela protectora del cacique, el río de la
memoria ancestral, el río que cuida y acompaña el territorio. En las
narraciones comunitarias, el agua aparece vinculada al sol, a los ciclos
agrícolas, a la fertilidad y a la continuidad de la vida. Desde una lectura
etnográfica, el río funciona como eje de cohesión territorial: conecta
comunidades, organiza los caminos y da sentido a los asentamientos humanos.
Tatayamba era, entonces, mucho más que un nombre. Era una manera de comprender
el mundo.
* * *
II. 1536: EL DÍA EN QUE EL RÍO FUE
REBAUTIZADO POR LA VIOLENCIA (Hace 490 años)
[1]
El capitán, la anciana y los ochocientos castellanos de oro
La historia
colonial del río comienza con una escena que los cronistas de la conquista
registraron con una mezcla de asombro y naturalidad que hoy resulta
perturbadora. Corría mayo de 1536. Las expediciones españolas avanzaban sobre
el occidente colombiano bajo el mando general de Sebastián de Belalcázar, quien
desde Quito venía conquistando tierras hacia el norte. Belalcázar —nacido en
España hacia 1490 con el nombre de Sebastián Moyano Cabrera— había fundado ya
Santiago de Guayaquil (1535) y fundaría Santiago de Cali ese mismo año de 1536.
El territorio quimbaya era recorrido por hombres obsesionados con el oro, las
rutas y el dominio del paisaje.
Fue el
capitán Miguel Muñoz, enviado por Belalcázar, quien protagonizó el episodio
fundacional del topónimo. Juan de Castellanos lo narró en el Canto Cuarto de la
Tercera Parte de sus Elegías, dedicadas a la memoria de Belalcázar. La escena
es precisa: Muñoz, explorando un afluente del Cauca, encontró junto al río a
una mujer indígena anciana —"de más de cien años", dice Castellanos—
que llevaba sobre su cuerpo una cantidad extraordinaria de joyas de oro fino.
Tenía zarcillos, brazaletes, collares y una faja de oro batido, delgada y
flexible, que ceñía sus carnes.
"...tan llena de oro fino, que
parecía que quería suplir con la hermosura de aquel metal lo que sus años le
había quitado..."
— Juan de Castellanos, Elegías de varones ilustres de Indias, ca. 1589
El encuentro
no fue una conversación entre culturas. Fue un acto de sometimiento. El capitán
Muñoz desposeyó a la anciana de todas sus joyas. Pesadas, dieron —según
Castellanos— ochocientos castellanos de oro[2].
Fray Pedro Simón, el otro gran cronista de la conquista del Nuevo Reino de
Granada, completó el relato en sus Noticias historiales (Cuenca, 1626),
subrayando el peso extraordinario de las joyas: "más de seiscientos
ducados".
Después del
saqueo, los conquistadores hicieron algo igualmente trascendental: nombraron el
río desde la mirada del vencedor. Así nació el topónimo "Río de La
Vieja". La escena resume con brutal claridad la lógica colonial:
apropiación de riqueza, subordinación indígena y control simbólico del
territorio mediante el lenguaje. El río dejó de ser Tatayamba para convertirse
en una referencia derivada del despojo de una mujer anciana cuya identidad
desapareció detrás del relato del conquistador.
Desde la
antropología histórica, este episodio muestra cómo la conquista no solo ocupó
físicamente el territorio: también colonizó la memoria geográfica. Nombrar fue
dominar. Nombrar fue fijar una versión oficial del paisaje. Nombrar fue
convertir el saqueo en cartografía.
El
expediente presentado ante el IGAC en el Oficio 2025-044 lo sintetiza con
precisión:
el nombre
"La Vieja" surge de un acto de pillaje documentado por cronistas en
1536; se oficializa mediante peajes reales y títulos en el siglo XVI; es
reafirmado por la reubicación de Cartago y la administración virreinal en el
XVII; persiste como referencia logística y cartográfica en los siglos XVIII y
XIX; y se incorpora finalmente a la literatura científica contemporánea.
* * *
III. EL RÍO COLONIAL
Camino, comercio, poder y la consolidación del topónimo
Con el paso
de las décadas, el nombre "La Vieja" comenzó a expandirse por los
registros coloniales con una tenacidad que revela cuánto poder tiene un
topónimo cuando se inscribe en la administración fiscal de un imperio. Apareció
en mapas, informes, rutas comerciales y títulos de propiedad.
La
consolidación del topónimo estuvo íntimamente ligada al desarrollo del Camino
del Quindío, uno de los corredores más importantes entre Santa Fe, Popayán y
Quito. Según los historiadores Álvaro Acevedo Tarazona y Sebastián Martínez
Botero, quienes estudiaron en profundidad este camino en su artículo publicado
en Estudios Humanísticos. Historia (2005), la ruta conectaba el interior del
Virreinato con el sur del continente y utilizaba el río La Vieja como punto de
referencia obligado para tambos, estancias y puntos de cobro de peaje. Las
Penas de Cámara de 1584, renovadas en 1590, y la tasa de dos tomines
establecida en 1588, inscribieron el nombre del río en la normativa fiscal
virreinal de manera definitiva.
El río se
convirtió en paso obligado para comerciantes, viajeros, recuas de mulas,
funcionarios reales y expediciones científicas. Cartago —fundada originalmente
por el Mariscal Jorge Robledo en 1540 en el sitio donde hoy se encuentra
Pereira, al servicio de los planes de expansión de Belalcázar— fue trasladada
definitivamente a la orilla del río el 21 de abril de 1691, en solemne
procesión presidida por el presbítero Manuel de Castro y Mendoza. Esta
reubicación, que respondió al agotamiento de las minas de oro, el descenso de
la población indígena y la habilitación de rutas alternativas reforzó el uso
oficial del topónimo en títulos de tierras, diligencias de cabildo y registros
eclesiásticos.
Sin embargo,
mientras la administración colonial consolidaba el nombre "La Vieja",
las memorias indígenas no desaparecían: retrocedían hacia la oralidad. Las
comunidades ribereñas continuaron relacionándose con el río desde prácticas
cotidianas que ningún topónimo colonial podía borrar: la pesca, la navegación,
los baños rituales, los cultivos en las riberas, la extracción artesanal de
arena, la observación de las crecientes. El río colonial fue simultáneamente
infraestructura imperial y refugio de memorias subterráneas.
* * *
IV. LOS CAMINANTES DEL SIGLO XIX
Colonización antioqueña, balsas y la memoria viva del agua
En el siglo
XIX, el paisaje comenzó a transformarse aceleradamente con las oleadas de
colonización antioqueña. Miles de familias atravesaron montañas cargando
semillas, herramientas y la determinación de quienes buscan tierra, refugio y
autonomía lejos de las guerras civiles que sacudían la república recién nacida.
El Quindío era descrito como un territorio exuberante: selvas densas, humus
profundo, agua abundante, biodiversidad extraordinaria.
El río
acompañó ese proceso. Isaac F. Holton, botánico estadounidense del Middlebury
College que recorrió el territorio colombiano durante veinte meses a partir de
1852 y publicó sus observaciones en el libro La Nueva Granada: veinte meses en
los Andes (Nueva York, Harper & Brothers, 1857, traducido al español por el
Banco de la República en 1981), dejó uno de los testimonios más vívidos sobre
la vida cotidiana junto al río.
En el
capítulo que tituló "Cruzando las montañas del Quindío", Holton
describió el oficio de los barqueros que dominaban las corrientes del río en el
paso de Piedra de Moler, haciendo posible el transporte entre poblaciones
aisladas.
"Más abajo de la desembocadura del
Quindío en el río de La Vieja, se cruza este último en Piedra de Moler... Solo
nos restaba subir y bajar una loma inmensa, porque Cartago queda a orillas del
río La Vieja." —
Isaac F. Holton, La Nueva Granada: veinte meses en los Andes, 1857
La relación
entre las comunidades y el río seguía siendo profundamente corporal y
sensorial: se caminaba el río, se escuchaba, se leía su color, se interpretaba
su caudal, se conocían sus crecientes y sus silencios. El agua seguía siendo
memoria práctica, geografía vivida. Y en esa geografía vivida, el nombre
Tatayamba persistía en la oralidad de quienes habitaban las riberas.
* * *
V. BURILA
La montaña fértil y la violencia sobre la tierra
La historia
del río también es una historia de conflicto agrario que se prolonga hasta el
siglo XX. La hoya del Quindío era descrita por colonos y viajeros como un
territorio de fertilidad extraordinaria: selvas densas, humus profundo, agua en
abundancia, biodiversidad nunca antes vista. En 1842, el territorio estaba
todavía cubierto de bosques y guaduales.
Miles de
campesinos pobres llegaron a desmontar montaña, sembrar y construir vida. Pero
en 1884 apareció la Compañía de Fomento y Colonización Burila, constituida en
Manizales, que reclamó enormes extensiones de tierras baldías y utilizó
agrimensores, esbirros, presiones políticas y violencia privada para expulsar
colonos que ya estaban establecidos en el territorio. Las memorias regionales
recuerdan ranchos incendiados, cultivos destruidos, familias obligadas a
abandonar tierras abiertas con años de trabajo.
Según
documentan investigadores como Olga Cadena Corrales en su tesis Procesos de
Colonización en el Quindío: El Caso Burila (1988), y el escritor Benjamín Baena
Hoyos en su novela El río corre hacia atrás, la Burila despojó a más de
cincuenta mil colonos pobres cuya única riqueza era su trabajo y sus ganas de
vivir en paz. El primer abogado que asumió la defensa de los colonos, Catarino
Cardona, fue enviado falsamente a Agua de Dios acusado de lepra. Logró que
treinta mil colonos firmaran un memorial dirigido al gobierno, y solo en 1930,
después de un largo y sangriento conflicto, el ministro Juan Antonio Montalvo
puso fin al asunto.
El caso
Burila, cuya área de acción se ubicaba precisamente en las inmediaciones de la
confluencia de los ríos Barragán y Quindío donde se forma el río Tatayamba–La
Vieja, muestra con claridad que el territorio del río ha sido escenario
continuo de disputas por la tierra, el agua y la capacidad de decidir sobre el
paisaje. La violencia colonial del siglo XVI encontró su continuación en la
violencia extractivista del siglo XIX y XX.
* * *
VI. EL PAISAJE EN TRANSFORMACIÓN
Del café al monocultivo de aguacate Hass: una nueva amenaza
Durante más
de un siglo, los cafetales en ladera —en policultivo bajo sombrío, asociados a
guaduales, leguminosas y frutales nativos— modelaron el Paisaje Cultural
Cafetero (PCC) y garantizaron una cobertura verde que regulaba el ciclo hídrico
del río Tatayamba–La Vieja. Este paisaje fue reconocido por la UNESCO en 2011
como Paisaje Cultural de la Humanidad precisamente por esa integración única
entre naturaleza y cultura.
Sin embargo,
la crisis de precios del café y los cambios en la rentabilidad del sector han
provocado la erradicación de entre 22.000 y 34.000 hectáreas de cafetales en la
cuenca, sustituidos por plátano, cítricos y pasturas. Desde 2015, esa
reconversión productiva ha dado paso a un boom del aguacate Hass —un cultivo de
alta demanda hídrica, intensivo en agroquímicos y orientado a la exportación—.
En Risaralda se registraban más de 1.000 hectáreas plantadas hacia 2019, con
focos críticos en Apía, Guática y Quinchía. El Valle del Cauca supera hoy las
8.000 hectáreas distribuidas en más de cien predios, según la CVC.
https://cuenca-rio-tatayamba.blogspot.com/2025/11/avance-del-aguacate-hass-en-colombia-un.html
La Comisión
Técnica del PCC (2024) identificó al monocultivo de aguacate Hass como un
factor de afectación directa al bien patrimonial, poniendo en riesgo la
integridad visual y funcional del paisaje. El POMCA del río La Vieja señala el
cambio de uso del suelo como uno de los conflictos ambientales más severos de
la cuenca. Este nuevo ciclo extractivista reitera la lógica de quienes
históricamente pusieron la riqueza del territorio por encima de su
sostenibilidad: la misma lógica que en 1536 desposeyó a una anciana y bautizó
un río con el nombre del despojo.
* * *
VII. EL REGRESO DE TATAYAMBA
Memoria biocultural y resignificación contemporánea del río
A finales
del siglo XX comenzó un proceso silencioso pero profundo de recuperación de la
memoria territorial del río. El descubrimiento de tumbas quimbayas, el
fortalecimiento de procesos culturales, las expediciones ambientales y la
aparición de colectivos ciudadanos reactivaron el interés por los relatos
ancestrales asociados al territorio.
El río
empezó a ser nombrado nuevamente como Tatayamba. No desde la nostalgia
arqueológica, sino desde la necesidad contemporánea de reconstruir una relación
más ética y más sensible con el paisaje. El agua comenzó a ser entendida
nuevamente como patrimonio vivo, memoria biocultural y sujeto de cuidado
colectivo.
Entre las
expresiones más concretas de esta recuperación cultural se encuentra el libro
comunitario De la Vieja a Tatayamba: el río como un relato, coordinado por
Andrés Duque Giraldo, Esteban Montillo García y Oscar Andrés Agudelo Salazar,
que recopila testimonios de balseros, areneros, pescadores y mayores quimbayas
que legitiman el uso cotidiano de Tatayamba en toda la cuenca media y baja.
También
destaca la expedición biocultural Tatayamba, documentada en video por la
Fundación Sembrando el Planeta (YouTube, 2022), que reunió a participantes
indígenas, afro campesinos y jóvenes universitarios, y el trabajo permanente de
la Veeduría Ambiental del Río La Vieja, que produjo el video pedagógico ¿Por
qué llamamos a nuestro río Tatayamba y no río La Vieja? (Facebook, 2021), con
amplia circulación en redes comunitarias y escuelas.
La toponimia
del Eje Cafetero funciona, como documenta el propio expediente, como un archivo
vivo de la historia: conserva voces indígenas, evoca gestas coloniales y plasma
aspiraciones que llegaron con la colonización antioqueña.
Nombres como
Pijao —que en 1927 rindió homenaje explícito a los pueblos pijaos reconociendo
su resistencia frente a la conquista—, Quimbaya —que adoptó el nombre de la
célebre nación orfebre para reinsertar un referente indígena milenario en la
toponimia cafetera—, o Calarcá —que evoca a un guerrero indígena—, demuestran
que la región tiene ya una tradición viva de recuperar y honrar la memoria
prehispánica a través de los nombres del territorio.
* * *
VIII. EL RÍO COMO CUERPO VIVO DEL EJE
CAFETERO
Datos, cifras y dimensión estratégica de la cuenca
El río
Tatayamba–La Vieja nace a más de 4.600 metros sobre el nivel del mar en la
Cordillera Central y recorre 156 kilómetros hasta desembocar en el río Cauca a
aproximadamente 900 metros de altitud. Su cuenca mayor cubre cerca de 2.880
km², de los cuales el 68% corresponden al Quindío, el 22% al Valle del Cauca y
el 10% a Risaralda. Atraviesa 21 municipios y abastece de agua potable al 85%
de la población urbana de la cuenca, es decir, a cerca de dos millones de
personas.
La red
hidrográfica incluye 33 corrientes de primer orden y más de 360 kilómetros de
drenajes. La oferta superficial asciende a 2.854 millones de metros cúbicos por
año, con un rendimiento medio de 34,34 litros por segundo por kilómetro
cuadrado. El acuífero "Glacis del Quindío", de hasta 300 metros de
espesor, refuerza la regulación subterránea del sistema. En Cartago, el río
suministra 450 litros por segundo al acueducto municipal, con proyecciones de
ampliación a 700 litros por segundo.
El gradiente
altitudinal del río —desde páramos húmedos a más de 3.500 metros hasta bosques
riparios de guadua en el valle— acoge 148.000 hectáreas de ecosistemas
estratégicos que incluyen páramo, humedales, bosque seco y relictos andinos. El
cauce atraviesa el Paisaje Cultural Cafetero, articulando cafetales de ladera,
turismo rural y centros históricos como Salento, Filandia, Sevilla y Cartago.
Actividades tradicionales como el Balsaje turístico, la pesca artesanal y la
extracción de arena —que involucra a unas 400 familias areneras en el bajo
cauce— dependen directamente del nivel y la calidad del agua.
Desde la
antropología ambiental, el río puede entenderse como un "cuerpo
biocultural": un espacio donde naturaleza y cultura son inseparables. Por
eso, cuando el río se contamina, también se deteriora la memoria colectiva. Y
cuando el río recupera su nombre ancestral, también recupera parte de su
dignidad simbólica.
* * *
IX. LA PRIMERA SOLICITUD DE SU TIPO EN
COLOMBIA
El proceso ante el IGAC: un camino inédito
El 21 de
julio de 2025, el presidente del Consejo de Cuenca del POMCA del Río La Vieja,
Luis Alberto Vargas Ballén, con autorización del Plan de Acción, presentó
formalmente ante la Subdirección de Geografía del Instituto Geográfico Agustín
Codazzi la solicitud de restitución toponímica del río La Vieja como río
Tatayamba (Oficio 2025-044). La solicitud fue radicada bajo el número IGAC
3200SAF-2025-0037955-ER el 30 de julio de 2025.
El propio
IGAC reconoció que se trata de la primera solicitud formal de restitución
toponímica ancestral de esta naturaleza presentada en Colombia. Este carácter
inédito tiene consecuencias jurídicas y políticas profundas. Como argumenta el
Oficio 2026-033 de seguimiento, presentado el 19 de mayo de 2026: precisamente
porque no existen antecedentes equivalentes, procedimientos específicos ni
casos comparables previamente tramitados en el país, resulta improcedente
exigir de manera rígida requisitos concebidos para escenarios completamente
distintos, como simples ajustes cartográficos o correcciones técnicas
ordinarias.
Las
resoluciones del IGAC en materia de nomenclatura geográfica —0471 y 529 de
2020, 370 y 1421 de 2021 y 197 de 2022— fueron diseñadas para procesos
ordinarios de estandarización y normalización geoespacial. No fueron concebidas
para resolver procesos complejos de reparación simbólica, memoria histórica,
resignificación cultural o descolonización toponímica. Aplicarlas de manera
restrictiva como barrera para la solicitud equivaldría a negar el carácter
excepcional e inédito de la petición.
El principio
universal del derecho según el cual nadie está obligado a lo imposible impide
que la administración traslade al ciudadano sus propios vacíos regulatorios. La
inexistencia de antecedentes no autoriza al IGAC a bloquear el trámite; por el
contrario, lo obliga constitucionalmente a construir la ruta procedimental,
desarrollar criterios técnicos y adaptar sus instrumentos administrativos a
nuevas realidades históricas, culturales y ambientales.
* * *
X. MARCO JURÍDICO DE LA RESTITUCIÓN
Constitución, leyes y tratados internacionales que respaldan la solicitud
La
restitución del nombre Tatayamba cuenta con un sólido respaldo normativo que
articula el rango constitucional, la legislación ordinaria, convenios
internacionales y los principios de gobernanza ambiental ya vigentes en la
cuenca. A continuación se sintetizan los principales fundamentos jurídicos:
La
Constitución Política de Colombia (1991), en sus artículos 8, 70 y 79, obliga
al Estado a proteger la riqueza cultural y natural, reconoce la diversidad
étnica y el derecho colectivo a un ambiente sano. La Ley 99 de 1993, que creó
el Sistema Nacional Ambiental (SINA), exige participación ciudadana en la
gestión ambiental. La Ley 397 de 1997 (Ley General de Cultura) y el Decreto
1080 de 2015 reconocen el patrimonio cultural inmaterial, del cual los nombres
tradicionales forman parte.
El Convenio
169 de la OIT, ratificado por Colombia mediante la Ley 21 de 1991, garantiza a
los pueblos indígenas consulta previa sobre medidas que afecten su identidad:
el renombramiento reivindica directamente la memoria quimbaya. La Ley 2273 de
2022, que ratificó el Acuerdo de Escazú, refuerza el derecho a la información,
la participación y la justicia ambiental, y obliga al Estado a tramitar el
cambio de nombre con transparencia y participación efectiva. La Convención de
la UNESCO sobre el Patrimonio Cultural Inmaterial (2003) respalda la
actualización de la toponimia cuando ésta preserva relatos fundacionales y
refuerza la identidad de los pueblos originarios.
El Decreto
1076 de 2015 (Decreto Único Ambiental) ratifica al POMCA como instrumento
vinculante de planificación hídrica, y la Ley 1755 de 2015 prohíbe las
respuestas inhibitorias, evasivas o meramente formales al derecho de petición.
Colombia cuenta además con precedentes de cambios toponímicos oficiales por
motivos históricos y culturales, como el reconocimiento del corregimiento de
San Basilio de Palenque (2004), que siguieron el mismo derrotero normativo de
IGAC con consulta comunitaria, demostrando la viabilidad jurídica y
administrativa de la propuesta.
* * *
XI. RESPALDO COMUNITARIO E INSTITUCIONAL
Una solicitud construida desde el territorio
El cambio de
nombre a río Tatayamba no surge solo de un argumento histórico-técnico: está
apuntalado por un tejido de organizaciones sociales, pueblos indígenas, actores
productivos, entidades públicas y procesos pedagógicos que ya se articulan
alrededor del río.
El Plan de
Ordenación y Manejo de la Cuenca (POMCA 2018) levantó una base de 999 actores
potenciales —institucionales, comunitarios, productivos, académicos y étnicos—
e instaló una ruta escalonada de participación: mesas municipales, mesas de
subcuencas y Consejo de Cuenca. En la fase de talleres acudieron 134
organizaciones representadas; el 42,5% pertenecía al sector gubernamental, el
39,5% al productivo y casi el 6% correspondía a organizaciones comunitarias y
étnicas.
Durante la
actualización del POMCA se realizaron 21 talleres municipales, 6 mesas
regionales y 8 talleres con comunidades y el propio Consejo de Cuenca para
validar escenarios y metas ambientales. Las comunidades expresaron prioridades
como el control de la gran minería, la restauración de nacimientos de agua y el
seguimiento efectivo a los acuerdos, demostrando apropiación activa sobre el
futuro del río.
El Consejo
de Cuenca del POMCA del Río La Vieja —donde confluyen cabildos indígenas,
asociaciones afro campesinas, juntas de acción comunal, sectores productivos,
entidades académicas y autoridades locales— ha incorporado el nombre Tatayamba
en sus actas y materiales de divulgación, demostrando un consenso territorial
que trasciende las fronteras departamentales. Este proceso incluyó la gestión
ante el IGAC en su Plan de Acción 2025-2026.
Corporaciones
autónomas como la CRQ, CARDER y CVC, junto a alcaldías, gobernaciones y
universidades, figuran tanto en la base de actores como en los comités de
seguimiento del POMCA, garantizando que la decisión de renombrar el río cuente
con respaldo técnico y político estable.
* * *
XII. VOLVER A NOMBRAR
La restitución como acto de reconciliación territorial
La
restitución toponímica propuesta ante el IGAC no pretende eliminar la historia
colonial ni negar que durante siglos el río fue conocido como "La
Vieja". Lo que busca es algo más profundo: permitir que el territorio
pueda volver a hablar desde una memoria distinta.
Tatayamba
representa continuidad indígena, resistencia cultural, memoria campesina,
pedagogía ambiental y reconciliación territorial. El expediente demuestra que
el nombre ancestral no surge de una invención reciente, sino de procesos de
memoria oral, investigaciones históricas, apropiación comunitaria y
construcción cultural contemporánea. Volver a nombrar el río es también volver
a cuidarlo. Porque los pueblos suelen proteger mejor aquello que reconocen como
parte de sí mismos.
La
experiencia colombiana puede aprender de procesos análogos en otros países de
la región: Bolivia, que reconoce en su Constitución la plurinomia de accidentes
geográficos con nombres en lenguas originarias; Perú, que avanza en la
recuperación de topónimos quechuas y aymaras en su cartografía oficial; México,
con su Instituto Nacional de Lenguas Indígenas (INALI); y Chile, con procesos
progresivos de recuperación de nombres mapuches para ríos, volcanes y lagos.
Todos estos casos demuestran que la geografía oficial puede convertirse en una
herramienta activa de preservación cultural y recuperación de identidades
territoriales ancestrales.
Reducir el
caso Tatayamba a un simple trámite burocrático de nomenclatura equivaldría a
desconocer que esta solicitud involucra memoria indígena, reparación simbólica,
patrimonio cultural inmaterial, identidad territorial, gobernanza ambiental y
justicia histórica. Colombia tiene hoy la oportunidad de dar un paso histórico:
abrir institucionalmente el primer proceso de restitución toponímica ancestral
en su historia, y avanzar hacia una cartografía pública más democrática, plural
y respetuosa de la memoria de sus pueblos.
* * *
CONCLUSIÓN
El río no pide ser inventado: pide ser reconocido
El nombre
"La Vieja" nació de una escena de conquista y despojo documentada por
dos de los cronistas coloniales más importantes del Nuevo Reino de Granada:
Juan de Castellanos y Fray Pedro Simón. Tatayamba, en cambio, nace de la
memoria larga del territorio, de la voz de los pueblos que habitaron estas
riberas antes de que los conquistadores pusieran pie en el continente.
Durante
siglos, el río ha visto pasar pueblos indígenas, conquistadores, arrieros,
viajeros naturalistas como Holton, colonos antioqueños, areneros y comunidades
que todavía hoy viven de sus aguas y junto a ellas. Ha sido camino colonial,
ruta de comercio, corredor de biodiversidad y eje de identidad cultural del Eje
Cafetero. Y a lo largo de todo ese tiempo, el nombre Tatayamba no desapareció:
sobrevivió en la oralidad, en los relatos de balseros y mayores, en la memoria
de quienes nunca dejaron de reconocer al río como algo más que una línea en un
mapa.
La
restitución toponímica propuesta no es un gesto decorativo ni un simple cambio
cartográfico. Es un acto de memoria histórica, reparación simbólica,
reconocimiento cultural y reconstrucción ética del paisaje. Tatayamba no busca
reemplazar la historia: busca completarla.
Porque un
territorio solo puede reconciliarse consigo mismo cuando es capaz de escuchar
las voces que durante siglos quedaron ocultas bajo los nombres del poder.
Y porque, en
el fondo, el río nunca dejó de llamarse Tatayamba.
* * *
BIBLIOGRAFÍA Y FUENTES
Fuentes primarias y crónicas coloniales
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Indias. Primera parte publicada en Madrid, 1589. Edición de referencia:
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fundacional del origen del topónimo "río de La Vieja", Canto Cuarto,
Tercera Parte, Elegía a don Sebastián de Belalcázar].
Simón, Pedro, Fray O.F.M. (1626). Noticias historiales de las
conquistas de Tierra Firme en las Indias Occidentales. Cuenca: Domingo de la
Yglesia, 1626. [Segundo relato colonial del episodio del río La Vieja; fuente
complementaria al de Castellanos].
Cieza de León, Pedro de (ca. 1550). La crónica del Perú.
[Primera referencia etnográfica a la nación quimbaya en el territorio del
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Investigaciones históricas y académicas
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Relatos de viajeros y naturalistas
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Documentos técnicos e institucionales
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Proyecto "Ríos del páramo al valle".
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Consejo de Cuenca del POMCA del Río La Vieja – Tatayamba (2025).
Oficio 2025-044: Solicitud formal para la restitución toponímica del río La
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Consejo de Cuenca del POMCA del Río La Vieja – Tatayamba (2026).
Oficio 2026-033: Solicitud de impulso administrativo y trámite integral de la
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Consejo de Cuenca del POMCA del Río La Vieja – Tatayamba (2025).
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Memoria comunitaria y material pedagógico
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Salazar, Oscar Andrés (coords.). De la Vieja a Tatayamba: el río como un
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Fundación Sembrando el Planeta (2022). Tatayamba: una expedición
biocultural. Videodocumental. YouTube:
https://www.youtube.com/watch?v=mGHHjoxMhDo
Veeduría Ambiental del Río La Vieja (2021). ¿Por qué llamamos a
nuestro río Tatayamba y no río La Vieja? Video pedagógico. Facebook:
https://www.facebook.com/Veeduriambiental/videos/475439308811391/
Mora, Karen Angélica. Cartilla del saber indígena: mitos y
leyendas. Material pedagógico sobre cosmovisión indígena.
Prensa y periodismo regional
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https://cronicadelquindio.com/opinion/columnistas/leyenda-del-rio-de-la-vieja/
Arroyave, Rubén Darío (1997). "La contaminación ahoga al
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—
Luis Alberto Vargas Ballén
Presidente, Consejo de Cuenca del POMCA
del Río La Vieja
secretariaconsejocuencalavieja@gmail.com
| Cel. 314.2105325 – 314.7734109
Montañas del Quindío, Territorio de
Burila, Cuenca del Río Tatayamba
[1] https://www.google.com/url?sa=t&source=web&rct=j&url=https%3A%2F%2Fwww.instagram.com%2Fp%2FDWNY50Yj-5O%2F&ved=0CBkQjhxqFwoTCKjVg-aXwZQDFQAAAAAdAAAAABAh&opi=89978449
[2] Los
800 castellanos de oro de 1536 equivalen a 118,34
onzas troy de oro fino, en la época de la conquista un castellano equivalía a 4,6
gramos de oro y una onza troy equivale a 31,1034 gramos: el Peso total: 800 castellanos
x 4,6 = 3.680 gramos, que equivalencia en onzas: 3.680 gramos / 31,1034 gramos
por onza da aproximadamente 118,34 onzas.
El Valor actual en dólares con el precio internacional del oro al
contado fluctuando alrededor de US$4.550 por onza, los 800 castellanos alcanzan
un valor de US$538.447 dólares estadounidenses aproximadamente, es decir COL$
2.091´188.405 pesos.
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